Joanna…

Recuerdo el día en que Joanna se mudó a mi barrio. Al principio, cuando la vi me quedé impactada. Nunca antes había visto una mujer más bonita y más empoderada: su altura 170 cm, su cuerpo perfecto reloj de arena, su melena larga y rizada de un color castaño natural, y sus ojos de un verde esmeralda que hechizaba a cualquiera.

La gente empezó a murmurar rápidamente, sacando conclusiones precipitadas de cómo se ganaba la vida, dónde paseaba todos los días, o quien la visitaba. En realidad, era muy fácil saber cuando venía o cuando se iba, ya que siempre usaba zapatos de tacón alto, pisaba fuerte y hacía bastante ruido al pasar por el pasillo.

Joanna era una mujer de carácter fuerte, tenía muy claro como quería vivir su vida y no le importaba el chismorreo de las «viejas del visillo» (metafóricamente hablando, ya que quienes la seguían eran mujeres casadas, de no más de 35 años, cuyos maridos volteaban la cabeza cada vez que mi vecina paseaba por el barrio).

Mi casa era una habitación de 20 metros cuadrados, en un edificio destinado como vivienda para los trabajadores de una empresa local que fabricaba coches todoterreno. Al lado, pared con pared con nuestra habitación vivía ella, Johanna, y puedo decir que de vez en cuando se escuchaban gemidos de placer, a través de un enchufe que comunicaba las dos habitaciones.

En 1996, mi padre decidió que lo mejor para nuestra familia sería irse a trabajar a otro país, a otro continente, para reunir el dinero necesario, comprar una casa propia y cambiarnos de barrio. Fue en ese momento cuando mi madre y Joanna se hicieron amigas.

Joanna trabajaba en un estanco, pero de profesión era costurera y tenía siempre un montón de telas y ropa a medio hacer en una esquina de su habitación. Así que sin más que contar se convirtió en la costurera de mi madre y mía. No había ni una niña en el colegio con ropa más bonita y más original que la mía. Mi madre se dedicaba a elegir telas de la mejor calidad para luego convertirlas en bonitas creaciones que Joanna diseñaba. ¡Qué recuerdo más bonito!

Al principio, el tiempo pasaba despacio, y yo disfrutaba mucho de mis amigos y amigas, de las veladas con mi madre y sus amigas, de los fines de semana que salíamos a pasear y a comer helado en verano, de la vida diaria del barrio, ya que todos nos conocíamos y nos ayudábamos.

Con el paso de los años, muchos vecinos y sus familias se fueron, y otros tomaron sus habitaciones. La vida en el barrio cambió muchísimo con la llegada de 1998. La empresa que sostenía el barrio vivo se fue a la quiebra (hay quienes dicen que el gobierno poscomunista la vendió como chatarra a inversores extranjeros), mucha gente se quedó sin trabajo, ya no había nadie quien administrase el buen funcionamiento de los edificios, y la precariedad de las instalaciones llegó para quedarse.

En 1999, mi padre volvió después de 3 años de trabajo fuera de casa y compró una vivienda en un barrio bueno de la ciudad. Ese año fue el último en ver a Joanna como mi vecina, ya que ella también se iba a casar y a mudar con su marido a un pueblo cercano. Nos despedimos con lágrimas en los ojos, pero con la esperanza de que pronto nos volveríamos a ver.

La volvió a ver mi madre, 15 años más tarde, un día de verano, en el centro de la ciudad. Me comentó que no quedaba rastro de lo que un día fue: su cuerpo había cambiado radicalmente, pero lo que más le impactó a mi madre fue la falta de cuidado personal que demostraba. Solo le quedaban 3 dientes, y cuando sonreía se notaba el mal estado de las encías, y sus ojos verdes esmeralda habían perdido su brillo. También tenía la cara hinchada y un moratón en el ojo derecho. Seguía teniendo su carácter, pero contaba de que su marido le pegaba a menudo y que no solía salir de casa a menos que tuviera que hacer la compra o arreglar papeles…

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