El, guapo y arrogante… Yo, tímida e insegura…

Conocí a Oliver justo un año y medio antes de ir a la universidad. El, guapo y arrogante, yo, tímida e insegura. Me gustó desde el primer momento, y creía que yo a él también … Sin embargo, cuando nos vimos de nuevo, en una fiesta, él estaba bailando con otra y a mí ni caso me hizo. Me sentí fatal, deseaba que la tierra me tragase, pero eso no pasó…

Un año más tarde llegaba a la gran ciudad llena de ilusión por empezar mi vida lejos de mis padres, fuera de mi jaula de oro y lista para convertirme en la mujer que siempre había deseado. En ese momento salía con Jorge. Estábamos bien, pero yo no le quería, me sentía vacía. Quería dejarle, pero me daba pena. No sabía como hacerlo…

Una llamada iba a cambiar mi vida. Era Oliver… Quería verme… Al principio me negué rotundamente y continué con mi vida. Un par de semanas más tarde, le hice una visita a una amiga que se acababa de operar. Cuando entré en el salón, Oliver estaba ahí con ella, abrazándole y diciéndole cuanto le quería. Mi cuerpo pasó de frío a calor y de nuevo a frío en solo unos instantes. ¡No me lo podía creer! Pero me hice la indiferente. Al fin y al cabo, yo le había dicho que no quería verle. Sin embargo, todo mi ser deseaba estar con él.

Volví a verlo una tarde de Abril, un encuentro casual. Me comentó que su novia le había dejado y que se sentía muy solo. Que le quería mucho y que ella le había puesto los cuernos. Poco a poco empezamos a vernos cada vez más seguido, hasta que un día me dijo que tenía sentimientos hacia mí. Así que empezamos una relación… Una relación construida sobre las cenizas de otras sin dejar siquiera que se pase el duelo y donde el protagonista tenía deseos vengativos, seguramente no llegaría muy lejos. Sin embargo, duró once años.

Once años para aprender a valorar mi libertad, once años para darme cuenta de que la llave para salir de la jaula la tenía yo, y que solo mi miedo de salir de mi zona de confort me impedía tomar acción. Y cuando por fin tuve la valentía de dejar todo atrás, me costó desaprender.

Ahora me doy cuenta de que detrás de todo había un aprendizaje, pero yo no lo vi. Cuando te mueves en bucle y sientes que no puedes salir, empiezas a culpar a los demás, a la suerte, te quejas constantemente de que a ti la vida solo te ha puesto obstáculos en el camino, que otros lo han tenido más fácil, te arrepientes de las decisiones que tomaste y empiezas a vivir en el pasado, imaginando «¿que hubiera pasado si…?». Me costó, y mucho, entender de que los golpes que recibí fueron solo para fortalecerme y que nadie me obligaba elegir lo que YO no quería. No es ni triste siquiera. Todo lo elegí YO.

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